Sumisión
Michel Houellebecq. Editorial
Anagrama. 288 páginas
Mordiendo sin desgarrar
Houellebecq nos hace un planteamiento realmente
interesante: un partido islamista consigue por medios democráticos y legítimos
llegar al poder y una vez en él, eliminar de un plumazo dos de los pilares de
la democracia moderna: la igualdad entre sexos y la laicidad del estado. Y esto
ocurre a la vuelta de la esquina, en la Francia del año 2022. La primera pregunta
que se nos viene a la cabeza es la eterna duda de filosofía política: ¿debe la
democracia usar medios no democráticos para acabar con aquellos que la ponen en
peligro aunque hayan accedido al poder por medio totalmente legítimos?
El autor nos da la respuesta servida en bandeja: no
es necesario porque nadie haría nada. En efecto, pone el dedo en la llaga al
apuntar que la sociedad actual dejaría, sin lugar a dudas, que un partido
desmontara los pilares de la democracia
ya que el individualismo liberal ha hecho que acabe hastiada de sí misma. Solamente tenemos que fijarnos en el ejemplo del
protagonista, François: un intelectual que lleva una vida monótona y
aburrida en la que poco a poco va perdiendo el contacto con sus semejantes. Es
una persona que va a lo cómodo, a no
complicarse la vida. El problema es que cuando la comodidad prima en nuestras
vidas, viene de su mano el pasotismo y la
falta de ilusión y solidaridad. Si no hay pasión ni ganas de emprender nuevos
retos, nos convertimos en autómatas que solamente contemplan como van pasando
los días sin más. De tanto mirarse el ombligo, no es capaz de levantar la
cabeza para entender realmente lo que pasa más allá de sus narices.
Houellebecq nos pone el espejo delante y nos obliga a
mirarnos cara a cara con nuestros defectos como sociedad. Hinca el diente, qué
duda cabe, pero a la hora de la verdad, su mordisco no consigue tener la fuerza
suficiente que apuntaba. Y ello es debido a que en la segunda parte del libro
se centra demasiado en la vida intelectual del protagonista, consagrada al
estudio de uno de los clásicos de la literatura francesa. En esta segunda
mitad, la novela va alternándose entre el ámbito de la reflexión del pensamiento
político y social, donde gana enteros, a terrenos intelectuales elitistas de
marcado acento francés donde pierde interés. Parece que el autor deja un poco de lado el afán de
universalidad con el que emprendió la
novela.
En conjunto y pese a sus defectos, nos encontramos ante
una novela que nos va a hacer pensar, que es exigente con el lector aunque sea
de lectura fácil. Creo que sí consigue el que quizá sea uno de los principales
objetivos de todo intelectual humanista: que la sociedad tome conciencia de sus
defectos para poder mejorar como tal. Y eso ya es mucho.

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